martes, 27 de enero de 2015

MENSAJE PARA LA CUARESMA 2015 - PAPA FRANCISCO



«Fortalezcan sus corazones» (St 5,8)
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.
Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.
La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.
Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.
El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.
1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia
La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen "parte" con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.
La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).
La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.
2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades
Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).
Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.
En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).
También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.
Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.
Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.
3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente
También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?
En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.
En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.
Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.
Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.
Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: "Fac cor nostrum secundum Cor tuum": "Haz nuestro corazón semejante al tuyo" (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.
Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.
Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís
FRANCISCUS PP

sábado, 17 de enero de 2015

¿DÓNDE VIVES, MAESTRO?

El evangelista Juan nos relata sobre la experiencia de los primeros discípulos; al encontrarse con el Señor le preguntaron dónde vivía. El Maestro les fue claro: “Vengan a ver”. Y se fueron tras Él. En el fondo, a lo largo del evangelio lo podemos comprobar: los discípulos fueron entendiendo que el Señor había puesto su tienda en medio de ellos, en medio de la humanidad, como lo recuerda el mismo evangelista (cf. 1,14). La pregunta tenía su lógica. La respuesta quizás no pertenecía a la lógica tradicional de los seres humanos… Pero, lo importante es la reacción: “se quedaron con Él”.
Esa misma pregunta la hacen hoy miles y miles de creyentes y hombres de buena voluntad. Preguntan dónde vive o dónde se puede encontrar el Maestro de la Verdad y de la libertad. La respuesta imaginada por muchos no es la ofrecida por el mismo Jesús. Para muchos, pudiera el Señor encontrarse sólo en los templos o en algunos sitios ligados a la religión. Para otros, más bien habría que esperar la eternidad; y no falta quien dude acerca de su presencia en medio de nosotros. 
El Papa Francisco nos va indicando dónde está el Maestro, dónde vive, dónde lo podemos encontrar. Ciertamente, está en todas partes. Pero el Papa nos va señalando unos lugares donde está habitando hoy el Maestro: las periferias existenciales. Para no pocos, este concepto resulta difícil de entender; en parte por lo novedoso, pero también en parte por no haber entendido la invitación del Maestro de ir mar adentro. No es en la orilla de las facilidades y de las comodidades, de los ritos rutinarios o de las seguridades doctrinales donde vamos a encontrarnos con el Maestro. El Señor nos está pidiendo ir a las periferias existenciales. Muchas veces son de carácter territorial, pero en la mayoría de los casos están muy cerca de nosotros, pues es en medio de la misma gente donde se encuentra el Señor…. Y mucha gente aparentemente vecina a nosotros está alejada de Dios…y allí es donde se debe buscar al Maestro.
Si le preguntamos al Maestro dónde vive hoy vamos a encontrarnos con respuestas variadas e insólitas. Eso sí, lo primero que nos dirá es “venga a ver”… y comprobaremos dónde vive: en medio de quienes son víctimas de la explotación, del maltrato de los prepotentes, del desamparo, de la miseria… en medio de quienes están en los ancianatos olvidados por sus hijos y familiares, en las salas de los hospitales donde tantos hermanos sufren no sólo la enfermedad sino la soledad… en medio de quienes se sienten abandonados y pasan hambre o son menospreciados por su condición social, o los desplazados y los inmigrantes despreciados por la sociedad… en medio de quienes deben prostituirse para poder conseguir el alimento para sus hijos… en medio de los esclavizados por la droga o el alcohol… en medio de los niños abandonados o esclavizados en tantas partes del mundo… en medio de los enfermos de sida y de los que sufren tantas enfermedades provocadas por la descomposición moral de la sociedad… en medio de los encarcelados… en medio de todo aquel que sufre. Y también entre los que han abandonado a Dios y se han ido en busca de nuevos paraísos de consumismo y materialismo….
El Señor nos vuelve a decir “vengan a ver”. Es decir, nos invita a tomar en serio el seguimiento como discípulos suyos. Y, entonces, salir al encuentro de todos para hablarles de la ternura de Jesús, su misericordia y su decisión de convertir a todos en “hombres nuevos, mujeres nuevas”. Para ello nos ha llamado y nos ha convertido en pescadores de hombres, para ello nos ha pedido ir mar adentro, para ello nos ha dado la fuerza de su Espíritu, para ello nos mandó salir a hacer nuevos discípulos. Pero la cosa no se termina allí. La actitud a tomar es la de los discípulos que fueron a ver dónde vivía: se quedaron con Él. Nos toca a nosotros quedarnos donde Jesús está para darlo a conocer, para aprender de Él también por las enseñanzas que nos da a través de quienes le albergan.
Francisco está clamando por una Iglesia en salida. Es nuestra tarea en los momentos actuales de nuestra sociedad. No podemos permanecer con los brazos cruzados esperando a los alejados. Es yendo donde ellos están como encontraremos al Señor. La celebración de la Eucaristía nos permite tomar conciencia de esto y nos impulsa para ello. De hecho el famoso “Ite Missa est” (Vayan, la Misa ha acabado) tiene ese sentido: salir a compartir el pan de la Palabra y de la Eucaristía con los demás…. Llevarlo a todos, en especial a quienes están en las periferias existenciales como los antes mencionados. No hacerlo es desvirtuar la fuerza liberadora y salvífica de la misma Eucaristía.
Sea lo que sea, hagamos lo que hagamos, en la conciencia de nuestra vocación debemos aceptar el reto de quedarnos donde el Maestro se encuentre, pues en todo momento nos está retando: “vengan a ver”.

+Mario Moronta R., 
Obispo de San Cristóbal.

sábado, 13 de diciembre de 2014

PREMIOS DEL BONO DIOCESANO

Hoy, 13 de diciembre de 2014, se llevó a cabo el sorteo del Bono Diocesano. Los resultados fueron los siguientes:

6° premio: N° 23.716 (Televisor)
5° premio: N° 15.460 (Cocina)
4° premio: N° 06.325 (Nevera)
3° premio: N° 29.976 (25.000 Bs.)
2° premio N° 21.788 (50.000 Bs)
1° premio N° 21.071 (100.000 Bs)

Felicidades a los ganadores. Les recordamos que deben reclamar su premio en los próximos 15 días.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

En medio de Uds. hay alguien a quien no conocen



En la preparación a celebrar la Navidad, junto a María, un personaje clave es Juan Bautista. El nos invita a hacer realidad el anuncio profético de preparar el camino del Señor en el desierto. A la vez, nos recuerda que no era él el Mesías esperado, sino un testigo de la luz salvífica, la cual comenzaría a brillar con el “esperado de las naciones”. Por eso, cuando le preguntaban si era o no el Mesías, respondía de manera clara y directa: “No lo soy”. Sin embargo señalaba la cercanía del Señor y, luego, cuando se produjo su presencia, lo dio a conocer sin mucho protocolo: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Antes de su aparición pública, el Bautista habló de Jesús: “En medio de ustedes hay uno a quien no conocen; alguien que viene detrás de mí y de quien no soy digno de desatarle las sandalias”. Gesto de humildad de un profeta quien estaba atrayendo muchas personas, israelitas y no, interesados en un cambio de vida y en espera del Mesías. Esta vivencia del Bautista sale a nuestro encuentro hoy, para indicarnos cómo ha de ser nuestra preparación a la Navidad.
Generalmente corremos el riesgo de pensar en la Navidad como una fiesta religiosa importante, pero que no nos compromete. Corremos también el riesgo de reducirla sólo a aspectos culturales y materialistas. Es cierto que hemos de presentar la Navidad como una fiesta que ha venido influyendo notablemente en la historia de la humanidad; pero hemos de hacerlo con el auténtico sentido de la misma… Lamentablemente los cristianos nos la hemos dejado arrebatar por el consumismo comercializante que busca hacer dinero y no promover el verdadero sentido de la Navidad. Hay incluso quienes han optado por convertirla en una “rumba” más donde el licor y el bullicio mundano predominen.
De allí la importancia de la figura del Bautista para todos nosotros. Es una figura que ilumina cómo ha de ser nuestra preparación de la Navidad. Ante todo, debe ser una preparación personal, la cual incluye la conversión, la apertura de corazón y el sintonizar con la humildad y pequeñez del Señor. Y, a la vez, ha de ser una preparación que privilegie lo evangelizador: es decir, el anuncio de Cristo, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Ningún cristiano está exceptuado de hacerlo, ya que todos hemos recibido el mandato evangelizador por parte del Señor. Esto nos impulsa para hacer del adviento y de la Navidad (y el resto del año igualmente) un momento de gracia donde anunciemos a todos, cercanos y alejados, creyentes y no creyentes, como lo hizo el Bautista: “En medio de Ustedes hay uno a quien no conocen…”. Sí: en medio de nuestras familias hay uno que puede ser desconocido por muchos de nuestros familiares y amigos… en medio de nuestras escuelas, liceos y universidades, hay uno que puede ser desconocido por tantos profesores y compañeros estudiantes… en medio de nuestras instituciones y lugares de trabajo hay uno a quien no se conoce… en medio de nuestras comunidades y vecindarios hay uno a quien no se conoce…. En medio de nuestra sociedad hay uno a quien no se conoce… De allí, la urgencia de hacer como el Bautista: no sólo preparar el camino del Señor, sino anunciarlo, presentarlo, darlo a conocer…
Uno de los retos que poseemos los cristianos en este momento de nuestra historia es anunciar a Jesucristo, con su evangelio, con su obra de salvación y con su llamada a ser discípulos suyos. Y si algo hace falta en nuestra Venezuela es precisamente que los católicos salgamos a la calle para hablar de Jesucristo y llenar de sus principios y valores nuestra sociedad. Papa Francisco nos está continuamente recordando que hemos de ser una “Iglesia en salida”… Hemos de ir al encuentro de los alejados no para reclamarles su alejamiento, sino para invitarlos a reencontrarse con Jesús… Hemos de ir al encuentro de quienes han renunciado a poner en práctica sus valores, aunque se confiesen religiosos, para invitarlos a la conversión del corazón…. Hemos de ir a buscar las ovejas perdidas, para contagiarles de la misericordia de Jesús… Hemos de ir a las periferias humanas, como nos lo pide el Papa; esas periferias humanas a veces pueden estar muy cerca de nosotros: es donde encontramos a Jesús en medio de quienes no lo conocen o se han olvidado de Él o lo consideran un simple profeta u hombre de bien….
Preparar la Navidad, vivir el año nuevo, consolidar nuestro compromiso a lo largo de las semanas del año 2015 requieren de parte de los cristianos la actitud del Bautista: decirle a quienes no lo conocen o lo ignoran que en medio de ellos está el Señor, del cual somos testigos y de quien no somos dignos de desatar sus sandalias…se trata de Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
+Mario Moronta R.
Obispo de San Cristóbal.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Carta pastoral del Obispo de La Guaira



Mons. Raúl Biord Castillo
Obispo de La Guaira

A todos los fieles de la Diócesis de La Guaira:

Hermanos míos, ustedes deben tenerse por muy dichosos cuando se vean sometidos a pruebas de toda clase. Pues ya saben que cuando su fe es puesta a prueba, ustedes aprenden a soportar con fortaleza el sufrimiento. Pero procuren que esa fortaleza los lleve a la perfección, a la madurez plena, sin que les falte nada. (Stgo 1, 2–4)

            El pasado mes de febrero el Señor, a través del ministerio del Papa Francisco, me ha pedido acompañarlos como Obispo de esta Diócesis de La Guaira. Es una misión que recibo y vivo con alegría. Cuento con sus oraciones, su colaboración y su buena voluntad para hacer crecer la Iglesia de Cristo.

            Como pastor de esta diócesis, me he empeñado en conocer la vida de las comunidades y lo que forma parte de la idiosincrasia varguense: su cultura, costumbres, tradiciones y también su historia. En este mes de la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo, cuando queremos vivir las tradiciones heredadas de nuestros mayores, recurren unos aniversarios que en su momento enlutaron esta tierra. El primero es la Tragedia de Tacoa (19 de diciembre 1982). El segundo, de data más reciente, es el Deslave de Vargas (15 y  16 de diciembre de 1999). En ambas ocasiones, un gran número de hermanos nuestros cerraron trágicamente sus ojos a este mundo para encontrarse con Jesús.

            Con ocasión de estas efemérides, junto con los sacerdotes de la diócesis, hemos dispuesto dos celebraciones: una, el domingo 14 de diciembre a las 4:00 p.m. en la Plaza Mayor de Catia la Mar; y otra, el martes 16 de diciembre a las 12 del mediodía en la Iglesia de Carmen de Uria.

            Con estas celebraciones no pretendemos revivir el pasado. De él debemos aprender para el futuro. La intención que nos mueve es llevar a la práctica una de las obras de misericordia: rogar a Dios por los vivos y por los difuntos. No olvidamos a los que se fueron. A ellos los ponemos en las manos de Dios Todopoderoso y pedimos que su amor infinito los abrace. Si alguna falta tuvieron (y quien no las tiene siendo todos humanos) que el Buen Señor los perdone y les conceda el premio por todo el bien que hicieron sobre esta tierra. Y pediremos por nosotros, los que aún somos peregrinos en esta tierra: para que nos apartemos del mal y nos volvamos a Dios; para que pongamos en práctica el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo; para que tengamos a Cristo en el corazón; para que desarrollemos una mayor conciencia ecológica en la conservación de la bella; naturaleza que se nos ha confiado, sin destruir ni maltratar los espacios naturales; para que todos, cada uno según su responsabilidad, hagamos lo posible para evitar tragedias similares en el futuro, a través de la ejecución de obras civiles de embaulamiento, la limpieza continua de diques, ríos y quebradas, evitando obstruir con escombros y basuras los cursos de los ríos; para que pongamos en práctica los duros aprendizajes realizados a través de protocolos de seguridad ambiental. Pediremos por nosotros y por nuestras familias para que jamás nos apartemos de la protección y bendición del Señor.

Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto para iluminar a los que están en las tinieblas y en sombras de muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz. (Lc 1, 78-79)

            Este mes celebramos la solemnidad del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios ha puesto su morada entre nosotros (Jn 1,14) nos llenamos de alegría: la Palabra se hizo carne, Dios se hace hombre para compartir su divinidad y ofrecernos su salvación.

            Nuestros mayores nos han transmitido muchas tradiciones para celebrar cristianamente esta alegría. Hoy muchas de ellas corren peligro de desaparecer bien sea por la avalancha mediática de otros valores que pretender suplantar la verdadera navidad por el consumismo y la búsqueda desenfrenada de placer; o porque por temor a la delincuencia se tiene miedo a ir a las misas de aguinaldo, Nochebuena o Nochevieja. Es obligación de las autoridades resolver o disminuir la violencia, pero también podemos encontrar soluciones creativas organizando nuestras comunidades para evitar inconvenientes, como por ejemplo ir a los Iglesias y Capillas en grupos numerosos. En cualquier caso, la iniciativa de los fieles puede encontrar caminos para que todos participemos de estas celebraciones navideñas que afianzan nuestra fe.

            No olvidemos que la Navidad es el nacimiento del Señor. ¡Él es el cumpleañero! Más que pensar sólo en los regalos para los niños y para los que queremos, pensemos también qué regalo podemos hacer a Jesús en su cumpleaños.

            En este mi primer año de servicio entre ustedes quiero desearles lo mejor para esta Navidad. Visitaré el mayor número de parroquias para compartir con ustedes las misas de aguinaldo y bendiciones de los nacimientos. Que todos participemos con alegría de las celebraciones decembrinas. Que no nos apartemos de la gracia y de las bendiciones de Dios. Que podamos llevar a todos la alegría del Evangelio. Que la Virgen María nos ayude a esperar y recibir al Niño Jesús que nace entre nosotros.

            Con mi paternal bendición,


+Raúl
Obispo de La Guaira.


Postdata: Sigan rezando por mí, como yo lo hago por ustedes. Una oración especial por nuestro querido Mons. Tomás Jesús Zárraga Colmenares para que recupere su salud.