miércoles, 11 de febrero de 2015

Lo que sí podemos hacer...



En no pocas ocasiones, los cristianos nos preguntamos sobre cómo hacer para curar enfermos. Más aún, muchos buscan “sanadores” para ver si se les hace un “milagrito”. En el fondo, permanece una especie de búsqueda de lo mágico… porque detrás de esas búsquedas no se encuentra una actitud de fe ni de compromiso de conversión. Por eso, se debe tener mucho cuidado con falsas interpretaciones del Evangelio, el cual nos habla de las curaciones prodigiosas realizadas por el Señor.



San Pablo nos advierte acerca de dos actitudes necesarias: una primera es hacer todo para la gloria de Dios. “Todo lo que hagan ustedes, sea comer, o beber, o cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios”. Esto califica la vida de un creyente: cualquier cosa se haga, sea quien sea, no se puede hacer para vanagloria ni para conseguir prebendas mundanas: la vida de unos padres de familia, de unos hijos, de los laicos, de los sacerdotes, de las religiosas, de los profesionales, de los obreros, de los estudiantes… de todos los creyentes debe manifestar la gloria de Dios. Es decir, debe vivirse con la fe, la esperanza y la caridad y así demostrar la presencia viva de Dios en cada uno de nosotros.



Para eso, Pablo nos enseña cómo demostrarlo: “sean, pues, imitadores míos, como yo lo soy de Cristo”. La imitación de Cristo nos permitirá hacer todo en nombre suyo y para la gloria del Padre. En el fondo es continuar, entre y con nosotros, su obra de salvación. No podemos darnos el lujo de decirnos cristianos y actuar como si no lo fuéramos. Más bien debemos pensar en lo que sí podemos y debemos hacer. Desde este horizonte, entonces, nos debemos apuntar a demostrarlo como testigos del Resucitado. Es necesario tenerlo en cuenta, pues en nuestra sociedad se busca privilegiar lo mundano. Los cristianos, discípulos de Jesús, hemos de ser luz del mundo: para ello, sencillamente actuar en el nombre de Cristo. Hacerlo mostrará su presencia dinamizadora en nosotros y provocará la imitación de muchos. No en vano, el mismo Pablo nos advierte que no tenemos un espíritu de timidez, sino de decisión y valentía para hacer de nuestra imitación de Cristo un testimonio eficaz.



Habida cuenta de lo anterior podemos tener claro también mucho de lo que sí podemos hacer. Quizás, como lo hizo Jesús en el Evangelio no podremos curar un leproso… o hacer sanaciones como muchos buscan y pretenden sólo por conseguirla sin mayor compromiso posterior de carácter evangelizador. Pero, por otra parte sí es mucho lo que podemos y debemos hacer: Podemos curar las heridas causadas en tantos amigos y familiares por el mal humor y la falta de respeto hacia ellos… podemos curar la tristeza de tantos hermanos nuestros golpeados por la enfermedad, la pérdida de un ser querido, por miles de problemas, con la alegría del Evangelio nacida de un encuentro vivo con Jesús… podemos hacer un decidido esfuerzo por devolverle la salud al amor conyugal que, por muchos motivos, puede estar muriendo… podemos aliviar la situación económica de tantos amigos y hasta desconocidos mediante una sincera solidaridad y el compartir de los bienes propios… podemos sanar la tristeza de aquel familiar o amigo o vecino al cual le hemos quitado el habla por no pensar como nosotros… podemos restaurar la salud del compañero de trabajo, o subordinado o empleado ante el cual nos mostramos prepotentes y como si fuéramos más que ellos… podemos hacerles más llevadera su enfermedad a los amigos, familiares, vecinos muchas veces olvidados por los suyos… podemos hacerle más alegre la ancianidad a todos los abuelitos, en especial quienes se sienten abandonados de sus hijos y nietos y muchas veces recluidos en ancianatos…. Podemos aumentar la alegría de los padres con hijos discapacitados, menospreciados por quienes se creen grandes y potentes en la sociedad…. Podemos sanar de verdad tantas angustias, tantas pequeñas penas tantas heridas…



Todo tiene una fuente: el mismo Cristo, quien nos ha asociado a Él. Por eso, al actuar en su nombre, podremos realizar esas sanaciones necesarias y urgentes, para la gloria de Dios… y para que otros, al vernos actuar en su nombre, se arriesguen y animen a imitarnos, no a nosotros, sino al Cristo reflejado en nuestra conducta y testimonio. Por eso, debemos decir, “sí quiero”.



+Mario Moronta R.,

Obispo de San Cristóbal.

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